Del Happy Accident

Hoy en día existe una imagen del director como el autor total de la película; este ser dotado de un genio superior que orquesta  cada diálogo, plano y tornillo de la cámara en función de su visión. Esta fantasía se la debemos a la nueva ola francesa, de manera más específica, a un libro escrito por uno de sus miembros sobre un director extranjero: el famoso El cine según Hitchcock de François Truffaut. Todos los que nos hemos acercado al cine hemos sido cómplices y fanáticos de esta entrevista que realizó Truffaut al llamado mago del suspense. ¿Cuántos directores leen y releen el texto antes de aventurarse a otro proyecto?

De Hitchcock se dice que se aburría en el set. Qué el hacía la película sobre su escritorio; ahí ajustaba y predecía cada reacción del espectador con la misma habilidad con la que predecía los ingresos de la noche de estreno. Crecimos con esta idea del director y planeamos nuestros primeros cortometrajes con esta devoción fanática inspirada en la voz de Hitchcock, que es como diría Muñoz Molina, “…con una suficiencia antipática en la que hay tanta vanidad de artista como soberbia prudente de hombre de negocios”. Y a todos nos gusta que nos llamen artistas.  Pero ves los resultados, ves el cine de Hitchcock y diría Orson Welles “Hay cierto cálculo frío en la obra de Hitchcock que me aleja de ella. ”  

Pensemos en algunos momentos memorables de la historia del cine. El famosos “I´ll be back” de Terminator; el “Are you talking to me?” de Taxi driver o cuando Leia le dice a Han Solo “I love you” y él le contesta “I know”. Estos son momentos clave en la película que le dan tanto a los personajes como a nosotros espectadores. Ninguno de estos diálogos estaba en el guión original, todos surgieron gracias al ambiente que se respiraba en el set. Si estos directores hubiesen seguido la idea de Hitchcock, “Los actores no son ganado pero hay que tratarlos como si lo fueran”, el mundo se habría perdido de grandes momentos.  

A este tipo de ocurrencias y sucesos imprevisibles que dotan a la película de vida se les conoce como Happy Accidents o accidentes felices. El caso más famoso en la historia del cine ocurre en A sangre fría.

Es un momento difícil para el personaje. El director coloca al actor junto a una ventana. Efecto de lluvia; las gotas se estampan con la ventana.  El fotógrafo ganador del oscar Conrad Hall (Belleza Americana, Camino a la Perdición) coloca un fresnel desde afuera apuntando hacia el personaje. De pronto alguien pregunta “¿El actor esta llorando?” ¡No, no esta llorando! La luz proyecta la sombra de las gotas en la ventana hacia su rostro, generando la ilusión de que esta llorando Alguien le pregunta si quiere cambiar la dirección de la luz para evitar el efecto. ¡No! Dice Conrad, filmémoslas así.  Mas tarde explica que la sombra de las gotas sobre su rostro es un reflejo del estado interno del personaje.

A partir de ese momento Conrad cuenta que su carrera se enfocó en buscar el accidente feliz. En dejar que la situación lo sorprendiese y usar sus habilidades para aprovecharse de ella. “O te aseguras de que nada va a salir mal o te acostumbras a tener miedo todo el tiempo. A esta altura de mi carrera, estoy muy acostumbrado a tener miedo.”  

A pesar de haber encarnado el retrato de la megalomanía Orson Welles declara en sus últimos días:  “El director de cine debe seguir siendo siempre una figura ambigua, entre otras cosas porque mucho de lo que firma con su nombre procede de otra parte, porque muchas de sus mejores cosas son meramente accidentes que preside. O son un don de la buena suerte. O de la gracia…”